Una palabra que nació en los valles verdes del norte de España y cruzó el Atlántico en el corazón de miles de asturianos que se marcharon sin saber si regresarían.

Hay palabras que no se aprenden en un diccionario. Se aprenden en la distancia, en la primera noche sin escuchar la lluvia caer sobre el tejado de la casa familiar, en el olor que ya no está, en el paisaje que el ojo recuerda pero la mano no puede tocar. Señardá es una de esas palabras. Una palabra asturiana que no se traduce fácilmente a ninguna otra lengua, porque lo que nombra es demasiado complejo para caber en una sola equivalencia: es la nostalgia particular que nace cuando un asturiano deja su tierra, y el mundo que conocía queda al otro lado del mar.

No es simplemente «echar de menos». Tampoco es solo tristeza. La señardá es una emoción estratificada, viva, que convive con la esperanza y la ambición, que habita al mismo tiempo en el presente y en el pasado. Es la memoria afectiva de un lugar convertida en estado del alma. Y durante casi dos siglos, fue la compañera invisible de cientos de miles de asturianos que cruzaron el Atlántico en busca de un futuro mejor.

La señardá no es la nostalgia del que sufre. Es la nostalgia del que ama. La diferencia es enorme.

La raíz de la palabra

El bable o asturiano —la lengua romance hablada en el Principado de Asturias— tiene una riqueza léxica que con frecuencia sorprende a quienes la descubren por primera vez. Lengua hermana del castellano y del leonés, comparte raíces con el galaico-portugués y el catalán, aunque conserva rasgos propios que la hacen inconfundible. Entre su vocabulario, señardá ocupa un lugar privilegiado: es una de esas palabras que los asturianos reconocen al instante, que produce en quien la pronuncia una especie de vibración interior.

Etimológicamente, señardá procede del latín senioritatem, término relacionado con la antigüedad, la vejez, lo que pertenece a un tiempo anterior. Esta raíz la comparte con otras palabras del romance ibérico: el gallego y portugués saudade, el catalán senyoria, el castellano señorío. No es casual que todas ellas invoquen, de un modo u otro, algo que fue y ya no es del mismo modo; un vínculo con lo anterior que el tiempo no borra sino que, al contrario, acentúa.

En asturiano, señardá puede aparecer también en sus variantes sañardá, señardade o señaldá, según la comarca o el habla local. El idioma asturiano, como toda lengua viva que ha sobrevivido a siglos de oralidad y uso cotidiano, presenta variaciones dialectales ricas que reflejan la geografía accidentada del Principado, dividido en valles, concejos y puertos de montaña donde cada comunidad desarrolló su propio timbre lingüístico.

Una familia de palabras: la nostalgia en las lenguas del mundo

Lo que hace fascinante a la señardá es que pertenece a esa categoría de palabras para las que otras culturas también han tenido que crear términos propios, porque la experiencia que nombran es demasiado específica para caber en una descripción genérica. En todo el mundo existen vocablos que intentan capturar esa sensación de pertenencia a un lugar que ya no está, o que está demasiado lejos para tocarlo.

  • Saudade. Portugués: Añoranza profunda por algo amado y ausente; mezcla de amor, nostalgia y melancolía que puede ser gozosa.
  • Morriña. Gallego: Tristeza y añoranza intensa del emigrante por su tierra natal, particularmente usada en la diáspora gallega.
  • Hiraeth. Galés: Nostalgia por un hogar al que no se puede volver, o que quizás nunca existió tal y como se recuerda.
  • Sehnsucht. Alemán: Anhelo profundo e inconsolable por algo ausente; deseo intenso de algo que se ama y se ha perdido.
  • Toska. Ruso: Ansia espiritual sin causa aparente; añoranza vaga y dolorosa que Nabokov describió como intraducible.
  • Mono no aware. Japonés: Sensibilidad ante lo efímero; la tristeza dulce que produce la belleza de las cosas que pasan.

Entre todas estas palabras hermanas, la señardá ocupa un lugar singular porque nace directamente de una experiencia histórica concreta: la emigración masiva de los asturianos hacia América durante los siglos XIX y XX. No es una nostalgia abstracta ni filosófica, sino la que siente un cuerpo específico —un minero de Mieres, una campesina de Navia, un comerciante de Gijón— cuando cruza el Atlántico y ve desvanecerse en el horizonte las montañas de los Picos de Europa.

La gran emigración asturiana a América

Para comprender la señardá en su profundidad histórica, es necesario adentrarse en uno de los capítulos más intensos y menos contados de la historia española contemporánea: la emigración asturiana a América Latina, un fenómeno que comenzó a finales del siglo XVIII y alcanzó su cénit entre 1880 y 1930, con oleadas adicionales durante y después de la Guerra Civil española.

Asturias, con su costa cantábrica enfrentada al Atlántico y su tradición marinera, tenía una relación con el mar que facilitaba ese salto al vacío. Pero los motivos de la emigración eran sobre todo económicos: la tierra asturiana, verde y hermosa, es también accidentada y poco fértil para la agricultura extensiva. Los minifundios familiares apenas daban para subsistir. La minería del carbón, que crecería a lo largo del siglo XIX, no era suficiente para absorber a una población joven y sin oportunidades. Y al otro lado del Atlántico, las repúblicas latinoamericanas recién independizadas abrían sus puertas a la mano de obra europea con promesas de tierra y prosperidad.

7 Países americanos con comunidades asturianas históricas significativas

Cuba fue el primer destino masivo. Ya en el siglo XVIII, cuando la isla era colonia española, muchos asturianos habían encontrado en La Habana un terreno fértil para el comercio. Tabaco, azúcar, ron: la economía cubana ofrecía oportunidades que la montaña asturiana no podía dar. En el siglo XIX, la migración se multiplicó. El patrón era relativamente fijo: el hijo mayor heredaba el terreno familiar; los demás, especialmente los varones jóvenes, emigraban. El destino típico era Cuba, Argentina, México o Venezuela, donde parientes o paisanos que habían llegado antes tendían una mano al recién llegado.

Argentina absorbió también cientos de miles de asturianos, especialmente Buenos Aires, donde el español del Río de la Plata incorporó inflexiones y palabras de tantas procedencias europeas que se convirtió en un idioma propio. Pero la comunidad asturiana mantuvo siempre su identidad particular: fundaron centros asturianos, sociedades de socorros mutuos, publicaciones en bable. Celebraban el día de Asturias, cocinaban fabada y bebían sidra de importación. La señardá no era solo un estado del ánimo individual: era el cemento que unía a la comunidad.

El viaje y la despedida

Para entender qué producía la señardá, hay que imaginar el momento de la partida. No existían los vuelos intercontinentales ni las videollamadas. El correo tardaba semanas. Marcharse a América en 1890 o en 1910 era, en la práctica, una despedida definitiva: algunos regresarían, muchos no. Algunos morirían allá. Otros construirían allá una vida tan completa que el regreso acabaría siendo imposible o indeseable para sus hijos, que ya eran americanos.

La imagen del barco saliendo del puerto de Gijón o de Avilés, con los pasajeros aferrados a la barandilla mirando cómo la costa asturiana —sus acantilados, sus montes, sus aldeas encaramadas— se empequeñecía hasta desaparecer en la neblina cantábrica, es una de las más poderosas de la memoria colectiva asturiana. En ese momento, la señardá ya había comenzado. No como un recuerdo, sino como una anticipación del dolor de la ausencia.

Marcharse a América era, para muchos asturianos del siglo XIX, despedirse de todo lo que conocían, sabiendo que quizás no habría regreso. La señardá comenzaba en el muelle, cuando el barco todavía no había levado anclas.

Los testimonios recogidos en cartas, memorias y entrevistas a emigrantes de la época revelan una constante: el recuerdo obsesivo del paisaje. No tanto de las personas —que también— sino del verde particular de los prados asturianos, del olor de la tierra mojada después de la lluvia, del sonido del río bajando entre helechos, del frío limpio de la montaña en otoño. Son recuerdos sensoriales que el cuerpo guarda y que emergen de improviso en el calor húmedo de La Habana o en la llanura seca de la Pampa, provocando esa ola de emoción que no es solo tristeza sino algo más complejo: la conciencia aguda de que se pertenece a un lugar que está muy lejos.

Los indianos: cuando la señardá tomó forma de piedra y cal

Una de las consecuencias más visibles de la emigración asturiana —y de la señardá que la acompañaba— son las llamadas «casas de indianos»: las mansiones que los emigrantes enriquecidos construyeron al regresar a Asturias, en su aldea o concejo de origen. Son edificios de una singularidad arquitectónica extraordinaria, que combinan estilos ecléticos con materiales y motivos traídos o inspirados en América: palmeras pintadas en las fachadas, azulejos cubanos, cúpulas de pizarra o baldosas hidráulicas, jardines con plantas tropicales que sobrevivían con dificultad al clima cantábrico.

Estas casas son, en cierto modo, la materialización de la señardá en su dirección inversa: si la señardá del emigrante reciente es la nostalgia por Asturias desde América, la casa indiana es la nostalgia por América desde Asturias. El indiano que regresaba enriquecido —el «americano», como se le llamaba con una mezcla de respeto y envidia— traía consigo dos mundos en el cuerpo. Nunca pertenecía completamente a ninguno de los dos: demasiado asturiano para sentirse cubano, demasiado americanizado para sentirse del todo en casa en su aldea natal.

Los indianos más generosos —y hubo muchos— financiaron escuelas, hospitales, fuentes públicas, iglesias, caminos. La educación fue una de sus obsesiones: muchos habían emigrado sin saber leer, y habían aprendido en América que el conocimiento era la única riqueza que nadie podía quitarte. Fundaron escuelas laicas y modernas en sus pueblos de origen, con una generosidad que transformó el tejido social de municipios enteros. En algunas comarcas asturianas, la escolarización de principios del siglo XX fue básicamente obra de los indianos.

La señardá como motor social

Hay algo que la historia de la emigración asturiana demuestra con elocuencia: la señardá no fue solo una emoción pasiva. Fue también un motor de acción. La nostalgia, cuando no paraliza, empuja. Los asturianos en América crearon redes de solidaridad mutua sin precedentes: los Centros Asturianos de La Habana, Buenos Aires, México o Caracas no eran solo lugares de encuentro sentimental, sino instituciones poderosas con hospitales propios, bibliotecas, teatros, escuelas, seguros de desempleo y enfermedad décadas antes de que existieran en España.

El Centro Asturiano de La Habana, fundado en 1886, llegó a tener decenas de miles de socios y construyó uno de los hospitales más avanzados del Caribe. Su edificio —hoy sede del Gran Teatro de La Habana— es uno de los más impresionantes de la ciudad. Que los emigrantes asturianos del siglo XIX, muchos de ellos campesinos sin estudios que habían llegado con lo puesto, construyesen semejante institución en pocas décadas, dice mucho de lo que la comunidad, unida por la señardá, era capaz de crear.

La señardá en la lengua, la música y la literatura asturiana

La señardá no se quedó en los puertos ni en las cartas. Se instaló en la cultura popular asturiana como un tema recurrente, casi inevitable. El folclore asturiano —con sus gaitas, sus panderos y sus voces melismáticas— está lleno de canciones sobre la partida y el regreso, sobre el amor que queda en tierra y el horizonte que se abre sobre el mar. Las tonadas asturianas, esas canciones improvisadas de una libertad melódica única, son quizás la expresión más pura de la señardá: una voz que sube sin acompañamiento, buscando en el aire un espacio que ya no existe.

En la literatura en asturiano, la señardá aparece en poetas como Xosé Caveda y Nava, Pepín de Pría o los autores del Surdimientu —el renacimiento literario del bable en los años 70 del siglo XX—, que encontraron en la emoción del exilio y la distancia uno de sus temas más fértiles. La recuperación del asturiano como lengua literaria fue, en muchos sentidos, un acto colectivo de señardá: la nostalgia por una lengua amenazada, el deseo de que no desapareciese.

Incluso en el castellano que hablan los asturianos —ese castellano con entonación característica, con algunas palabras propias, con esa cadencia melódica que cualquier español reconoce en seguida como «acento asturiano»— hay huellas de la señardá. El lenguaje guarda las emociones que la historia ha depositado en él.

La tonada asturiana no se entiende si no se entiende la señardá. Es una voz que busca en el aire lo que ya no puede encontrar en la tierra. Tradición oral asturiana.

¿Qué distingue a la señardá de la simple nostalgia?

Es una pregunta legítima: ¿no es la señardá simplemente nostalgia? ¿Qué la hace diferente de lo que siente cualquier persona que vive lejos de su lugar de origen?

La diferencia es de escala, de intensidad y de contexto histórico. La nostalgia es una emoción universal; la señardá es su forma específicamente asturiana, moldeada por siglos de historia, por una geografía particular, por una lengua que la nombra con exactitud y por una experiencia colectiva de separación y distancia que marcó a generaciones enteras. Es la diferencia entre «estar triste» y «estar con el alma en un puño».

Pero hay algo más. La señardá no implica necesariamente parálisis ni sufrimiento puro. Tiene un componente activo, casi volitivo: uno puede tener señardá y al mismo tiempo estar construyendo algo nuevo, estar mirando hacia delante, estar eligiendo quedarse lejos porque la vida que ha construido allí merece la pena. La señardá convive con la alegría, con la ambición, con el éxito. Es el fondo del cuadro, no el tema principal. Está ahí siempre, como la lluvia en el recuerdo de Asturias: ese orbayu constante, suave, imposible de ignorar del todo.

También conviene señalar que la señardá no es exclusiva de los que se fueron. La sienten también los que se quedaron, viendo partir a sus hijos, a sus hermanos, a sus vecinos. La sienten los descendientes de emigrantes que nunca pisaron Asturias pero que crecieron escuchando hablar de ella como si fuera un lugar mítico, casi irreal en su perfección de recuerdo. La señardá, en ese sentido, se transmite. Es una herencia emocional que pasa de generación en generación, que los hijos de los emigrantes asturianos en México, en La Habana o en Buenos Aires llevan dentro aunque nunca hayan visto los Picos de Europa.

La señardá en el siglo XXI: una emoción vigente

Podría pensarse que la señardá es una emoción del pasado, reservada a los tiempos en que cruzar el Atlántico significaba perder contacto con el mundo conocido. Sin embargo, sería un error considerarla una reliquia. La señardá está más viva que nunca, aunque ha cambiado de forma.

En primer lugar, está la diáspora asturiana contemporánea: jóvenes que emigran a otras ciudades españolas o a Europa en busca de trabajo y oportunidades que Asturias, con su economía en reconversión, no siempre puede ofrecer. La caída de la minería del carbón, el cierre de industrias, el envejecimiento demográfico: Asturias sigue siendo una región de emigración, aunque ahora los destinos sean Madrid, Barcelona, Londres o Berlín en lugar de Ciudad de México o Buenos Aires. La señardá de estos jóvenes del siglo XXI es perfectamente reconocible para sus bisabuelos que cruzaron el océano hace cien años.

En segundo lugar, está el redescubrimiento de la identidad asturiana por parte de los descendientes de emigrantes en América Latina. Hay hoy en México, en Cuba, en Argentina, en Venezuela, miles de personas con apellidos asturianos —Menéndez, Fernández, Valdés, Álvarez— que sienten la llamada de una tierra que sus abuelos o bisabuelos describieron como el paraíso perdido. Viajan a Asturias, aprenden palabras en bable, comen fabada y beben sidra, lloran en la aldea donde nació su antepasado. Ellos también tienen señardá: pero una señardá heredada, de segunda o tercera generación, que es si cabe más melancólica porque su objeto es un lugar que conocen solo a través de los relatos de otros.

En tercer lugar, la señardá se ha convertido en un concepto cultural que trasciende la experiencia migratoria concreta para nombrar una cierta relación con el tiempo y el territorio. Uno puede tener señardá del barrio de la infancia aunque siga viviendo en la misma ciudad, de una casa ya vendida, de un paisaje que el turismo de masas ha transformado irreversiblemente. En este sentido, la señardá se universaliza: deja de ser solo asturiana para convertirse en una manera de entender el vínculo entre las personas y los lugares.

Por qué importa nombrar lo que sentimos

Las lenguas minoritarias o minorizadas —aquellas que han vivido bajo la presión de lenguas más poderosas— tienen a menudo un vocabulario emocional particularmente rico. Probablemente no es una coincidencia. Cuando una comunidad vive en los márgenes, cuando su cultura está amenazada, cuando sus hablantes tienen que defenderse y afirmarse, el lenguaje se convierte en una forma de resistencia. Y en ese proceso de resistencia, las palabras para las emociones más complejas se afinan, se precisan, se cargan de significado.

La señardá es un ejemplo perfecto de esto. El asturiano encontró la palabra exacta para una experiencia que otros idiomas, incluso el castellano hegemónico, no podían nombrar con la misma precisión. Y al nombrarla, la comunidad pudo reconocerla, compartirla, convertirla en algo colectivo en lugar de dejarla encerrada en la soledad de cada individuo.

Cuando decimos señardá en lugar de «nostalgia», algo cambia. La emoción se particulariza, se localiza en una tradición específica, en una historia específica, en un paisaje específico. No es la nostalgia de cualquiera: es la nuestra. La de los asturianos que se fueron y los que se quedaron, la de los que cruzaron el Atlántico con una maleta de cartón y los que hoy toman un avión de bajo coste hacia cualquier ciudad europea. Una emoción que tiene nombre propio, y ese nombre es hermoso.

Nombrar la emoción es ya, de algún modo, dominarla. La señardá no desaparece al decirla en voz alta, pero ya no pesa igual. Se convierte en algo compartido, y lo compartido siempre es más llevadero.

Una palabra que une dos continentes

El título de esta reflexión no es retórico. La señardá es, literalmente, la palabra que une dos continentes: Europa y América, Asturias y México, los Picos de Europa y la Cordillera de los Andes, el Cantábrico y el Atlántico. Es el hilo invisible que conecta a los asturianos que se quedaron con los que se fueron, a los vivos con los muertos, a los que vivieron hace cien años con los que emigran hoy. Es el idioma que hablan entre sí el norte verde de España y los barrios de Buenos Aires donde todavía se hace sidra artesanal y se canta la tonada.

Hay algo profundamente emocionante en esto: una sola palabra, de apenas tres sílabas, cargando siglos de historia. Una palabra que un minero asturiano del siglo XIX habría reconocido y que su bisnieta nacida en La Habana reconoce también, aunque la pronuncie con un acento caribeño y la sienta referida a una tierra que nunca pisó. Una palabra que nombra lo que se pierde al alejarse y lo que, sin embargo, permanece. Porque la señardá, al final, es también una declaración de amor: al paisaje, a la lengua, a la familia, a la historia de un pueblo que supo irse sin olvidar de dónde venía.

Y hoy, desde cualquier rincón del mundo donde haya un asturiano o un descendiente de asturiano que mire hacia el norte de España con ese nudo particular en la garganta, la señardá sigue estando ahí. Viva. Irreductible. Hermosa en su manera de doler.

Fernando Cuenco Nava

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