Antes de que existiera la palabra –señardá– para nombrar la nostalgia, ya había miles de asturianos que la sentían a bordo de un barco, con Asturias perdiéndose en la línea del horizonte. Esta es la historia de la primera gran ola migratoria: la que abrió el camino, en el siglo XIX, hacia América.

A mediados del siglo XIX, Asturias vivía una contradicción dolorosa: era una tierra fértil y hermosa, pero incapaz de sostener a su propia gente. El sistema de minifundios fragmentaba las herencias en parcelas cada vez más pequeñas, la industrialización aún tardaría décadas en generar empleo suficiente, y las quintas militares se llevaban a los jóvenes a guerras coloniales lejanas. Emigrar dejó de ser una opción excepcional para convertirse en una estrategia familiar de supervivencia.

No partía uno solo: partía una economía doméstica entera, calculada al céntimo. Se enviaba al hijo con más ánimo, se malvendía una vaca o un prado para pagar el pasaje, y toda la familia quedaba a la espera de la primera carta –y del primer giro de dinero– desde el otro lado del Atlántico.

Los puertos de la despedida

Gijón, Avilés, Ribadesella y Llanes se convirtieron en escenarios de una liturgia que se repitió miles de veces: la despedida en el muelle, el pañuelo agitado hasta que el barco era solo un punto, y el silencio de la vuelta a casa. Muchos emigrantes ni siquiera embarcaban desde puertos asturianos: caminaban o viajaban en carro hasta Santander o A Coruña, sumando días de camino a un viaje que después duraría semanas.

La travesía en sí era una prueba dura. Los primeros emigrantes cruzaron en veleros y, más adelante, en los primeros vapores, hacinados en cubiertas de tercera clase, con enfermedades, mareos y una incertidumbre que solo se disolvía al avistar tierra: Cuba, México, Argentina, y en menor medida Estados Unidos, fueron los destinos que concentraron a la mayoría.

Llegar, resistir, prosperar

Al desembarcar, el paisanaje lo era todo. Las redes de asturianos ya establecidos –tíos, primos, vecinos del mismo concejo– recibían a los recién llegados, les daban trabajo en sus comercios o los orientaban hacia oficios donde ya había presencia asturiana: la industria azucarera cubana, el comercio textil mexicano, los almacenes y estancias argentinas. Se crearon sociedades de socorro mutuo, casinos y centros asturianos que funcionaban como una segunda Asturias en tierra americana: allí se hablaba con el mismo acento, se cocinaba la misma fabada y se lloraba la misma señardá.

La mayoría trabajó duro durante años, a menudo décadas, antes de ver algún resultado. Pero un porcentaje visible de aquellos emigrantes prosperó de forma notable, y su éxito terminaría transformando físicamente el paisaje asturiano.

El regreso que cambió Asturias

Con el tiempo surgió una figura que hoy es parte central de la identidad regional: el indiano. Aquel que volvía –no siempre para quedarse, pero sí para dejar huella– construía palacetes de colores vivos, plantaba palmeras traídas de América delante de su casa como firma inconfundible, financiaba escuelas, iglesias, casinos y lavaderos públicos en sus pueblos de origen. Todavía hoy, recorrer aldeas de Ribadesella, Colombres, Llanes o el oriente asturiano es leer, en la piedra y en la palmera, la historia silenciosa de aquella primera ola migratoria.

No todos regresaron. Muchos construyeron su vida definitivamente en América, y sus descendientes forman hoy comunidades asturianas de segunda, tercera y cuarta generación que, sin haber pisado nunca Asturias, siguen reconociéndose en su gastronomía, su música y sus apellidos.

Por qué esta historia es también la nuestra

El Festival Señardá nace precisamente de esa memoria: de entender que la identidad asturiana no termina en sus fronteras administrativas, sino que se extendió –y se sigue extendiendo– a cada lugar donde llegó un barco con asturianos a bordo. Aquella primera ola del siglo XIX no fue solo un episodio económico: fue el origen de un vínculo afectivo transatlántico que perdura generación tras generación.

Cuando hoy hablamos de señardá, hablamos exactamente de eso: de la nostalgia que sintieron aquellos primeros emigrantes en la cubierta de un barco, y que sus descendientes, curiosamente, siguen sintiendo también, aunque nunca hayan visto el mar Cantábrico.