La emigración asturiana hacia México constituye uno de los capítulos más significativos de la historia social y económica de Asturias en los últimos doscientos años. Desde mediados del siglo XIX, y de manera muy intensa durante las primeras décadas del siglo XX, miles de asturianos y asturianas cruzaron el Atlántico buscando en tierras mexicanas oportunidades que su tierra de origen no podía ofrecerles. Esta corriente migratoria, inserta en el amplio fenómeno de la emigración española a América, dejó una huella profunda tanto en las comunidades de origen como en las de destino, generando redes familiares, económicas y culturales que siguen activas en la actualidad.
Entre 1840 y 1940 se calcula que alrededor de trescientos mil jóvenes salieron de Asturias con destino a América, siendo Cuba, Argentina y México algunos de los destinos preferentes. Las estadísticas demográficas muestran que América fue el destino prioritario de la migración asturiana durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, con flujos constantes que respondían a crisis agrícolas, falta de empleo industrial y situaciones políticas convulsas en España. En ese contexto general, México se fue consolidando como un espacio de acogida que combinaba la proximidad cultural hispana con una economía en transformación y con claras oportunidades en el comercio, los servicios y, más adelante, la industria.

La historia de los asturianos en México suele situar sus inicios como fenómeno significativo a finales del siglo XIX, cuando comienzan a llegar contingentes más numerosos al puerto de Veracruz. Estos emigrantes, en su mayoría varones jóvenes procedentes de áreas rurales o de pequeñas villas costeras, se desplazaban a menudo con la ayuda de redes ya establecidas de paisanos que les facilitaban el viaje y la inserción laboral. Muchos de ellos provenían de concejos con larga tradición migratoria como Vegadeo, Castropol, Cangas del Narcea, Llanes, Valdés o la propia Gijón, donde el acceso al mar y a los contactos comerciales facilitaba la salida hacia América. La figura del “indiano”, aquel que volvía tras años en el continente con cierto capital económico y prestigio social, se convirtió en un referente muy presente en la cultura popular asturiana.
Las causas de este éxodo fueron múltiples, pero pueden resumirse en factores económicos, demográficos y políticos. Asturias experimentó en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX un fuerte crecimiento demográfico que no siempre encontró respuesta en forma de empleo estable en la agricultura o en la incipiente industria minera y siderúrgica. La fragmentación de la propiedad agraria, las crisis de subsistencia y la ausencia de expectativas para los hijos menores en las familias campesinas impulsaron a muchos jóvenes a buscar fortuna en América. A ello se sumaron las tensiones políticas y las guerras, desde la inestabilidad del fin de la monarquía isabelina hasta la Guerra Civil española, que contribuyeron a que la emigración se percibiera también como vía de escape ante la incertidumbre.

México, por su parte, vivía a caballo entre la modernización económica y los conflictos internos, pero ofrecía un mercado amplio y relativamente abierto para los emigrantes españoles. Los asturianos se integraron principalmente en el sector terciario, dedicándose al pequeño y mediano comercio, a la hostelería, a las casas de abarrotes, a la venta de textiles o a la representación comercial. Muchos de ellos comenzaron como dependientes en negocios de compatriotas para, tras unos años de trabajo duro y ahorro, abrir sus propios establecimientos en la Ciudad de México y en otras ciudades del país. La movilidad social ascendente fue una característica clave de este grupo, que supo aprovechar las redes de paisanaje para acceder a crédito, información y clientelas.
Con el paso de las décadas, la comunidad asturiana en México fue consolidando estructuras propias de sociabilidad y representación. Uno de los hitos fundamentales en este proceso fue la fundación, el 7 de febrero de 1918, del Centro Asturiano de México, una asociación civil surgida de la reunión de un grupo de asturianos en la Ciudad de México, entre los que destacaban José Menéndez Aleu, Ángel H. Díaz y Antonio Martínez Cuétara. La idea original fue crear un club de fútbol, el Club Asturias, que además sirviera de vínculo entre los asturianos residentes en la capital, y que pronto se convirtió en un auténtico punto de referencia para la colonia asturiana.

El Club Asturias se inscribió en la Primera Fuerza, la liga de fútbol más importante de México en la época, y participó en ella desde 1919 hasta 1943, logrando varios títulos y contribuyendo a popularizar el nombre de Asturias en el ámbito deportivo mexicano. Con la creación de la liga profesional, el club llegó a ganar el primer campeonato profesional en la temporada 1943–44 antes de retirarse de la competición en 1950, cerrando así una etapa gloriosa para el fútbol de raíz asturiana en México. Paralelamente, el Centro Asturiano evolucionó desde su origen deportivo a convertirse en un espacio integral de encuentro cultural, recreativo y social, organizado alrededor de actividades que evocaban la vida en Asturias: romerías, cancios asturianos, gastronomía y celebraciones tradicionales.

Una de las actividades emblemáticas del Centro Asturiano es la Jira, gran romería que comenzó a organizarse en 1919 como primera gran actividad social del club, celebrada en abril para rememorar la victoria del rey Pelayo en Covadonga. Esta romería, que se sigue celebrando en la actualidad, reproduce en tierras mexicanas la atmósfera festiva de las romerías asturianas, con música de gaita, baile, comida típica y el sentido de comunidad que une a socios, amigos y descendientes de asturianos. A través de estas celebraciones, la comunidad ha mantenido vivo un imaginario colectivo que combina la nostalgia con la afirmación de una identidad compartida.
La cultura asturiana ha encontrado en México un suelo fértil donde echar raíces sin dejar de transformarse. Según testimonios recientes de asturianos y descendientes asentados en la Ciudad de México, elementos como los cancios, la gaita, la gastronomía popular —fabada, sidra, quesos— y las reuniones informales entre amigos siguen siendo pilares que sostienen la esencia de Asturias en el día a día. Esta cultura compartida actúa como puente entre generaciones; mientras la primera y segunda generación reviven recuerdos de la tierra de origen, la tercera y cuarta generación incorporan esas tradiciones a una identidad plenamente mexicana.

El vínculo entre Asturias y México no se ha limitado, sin embargo, al plano cultural, sino que también ha tenido una fuerte dimensión económica. A lo largo del siglo XX, muchos empresarios asturianos establecidos en México contribuyeron a la modernización del comercio y de algunos sectores industriales, a menudo reinvirtiendo parte de sus beneficios en sus concejos de origen mediante remesas, envío de mercancías o financiamiento de obras públicas. Estas remesas resultaron esenciales para numerosas familias, permitiendo la mejora de viviendas, la compra de tierras o la educación de los hijos, y tuvieron efectos visibles en la transformación del paisaje rural asturiano.
En las últimas décadas, el fenómeno migratorio se ha transformado, pero no ha desaparecido. A la emigración masiva de principios del siglo XX le ha seguido una movilidad más cualificada y diversificada, con asturianos que se desplazan a México para trabajar en sectores profesionales, académicos o empresariales muy diferentes de los antiguos comercios de ultramarinos. Programas de televisión y reportajes recientes han mostrado a nuevos emigrantes asturianos viviendo en la Ciudad de México y otras localidades, integrados en la vida urbana contemporánea pero manteniendo vínculos afectivos y culturales con su origen. Este nuevo perfil migratorio dialoga con la memoria de aquellos primeros emigrantes, actualizando el significado de ser asturiano en el exterior.

En la actualidad, México alberga una de las comunidades asturianas más numerosas del mundo, con más de 22.000 personas que se identifican como asturianos o descendientes directos. Esta comunidad está articulada en torno a instituciones como el propio Centro Asturiano de México, que organiza festivales, eventos gastronómicos, actividades deportivas y encuentros sociales que mantienen vivas las raíces. Se trata de un tejido social que, lejos de diluirse, ha sabido adaptarse a los cambios generacionales, incorporando a hijos y nietos de emigrantes, y abriéndose también a mexicanos interesados en la cultura asturiana.
El balance de estos casi doscientos años de historia migratoria es complejo y rico. Para Asturias, la emigración supuso una pérdida demográfica notable pero también una fuente de recursos económicos, contactos internacionales y experiencias que se revirtieron en la sociedad de origen. Para México, la llegada de asturianos significó la incorporación de un colectivo emprendedor que contribuyó al desarrollo del comercio, de la vida urbana y de la diversidad cultural del país. La memoria de este intercambio se expresa hoy en apellidos, tradiciones compartidas, historias familiares y en instituciones que encarnan, a un lado y otro del Atlántico, la continuidad de una relación privilegiada.
La emigración asturiana a México, lejos de ser un capítulo cerrado, continúa proyectándose hacia el futuro mediante nuevas formas de movilidad, cooperación y diálogo entre ambas sociedades. Las conmemoraciones, estudios históricos y actividades culturales que se desarrollan en fechas señaladas permiten revisar críticamente esta trayectoria, reconociendo tanto los sacrificios como las oportunidades que acompañaron a quienes se vieron obligados a “cruzar el charco”. Al recorrer estos casi doscientos años de historia, se comprende que la experiencia de la emigración ha sido, y sigue siendo, un elemento constitutivo de la identidad asturiana y de su relación con el mundo, encontrando en México un espejo cercano donde mirarse y una segunda casa en la que seguir construyendo su futuro.
Fernando Cuenco Nava